Nervios, felicidad y amor era lo que Juan sentía en ese momento. Sus manos temblorosas denotaban lo nervioso que estaba, sus ojos, todo el amor que sentía por ella, cuando la miraba, esa mirada penetrante que gritaba: ¡ella es mia, cuánto la amo! Y en sus labios, en sus labios tenía una hermosa sonrisa causada por la felicidad.
Emma, de pie frente a la ventana, estaba concentrada mirando hacia afuera, sintio un ruido, giro de repente y allí lo vio, ¡cuánto tiempo había pasado! Diez días, sólo diez días pero parecían una eternidad, lo había extrañado mucho, y hasta por su mente pasaban los peores pensamientos... especialmente la sensación de que la había abandonado para siempre.
Ella sonrió y le sostuvo la mirada por un momento, Juan atravezó lo que quedaba de la habitación en dos zancadas, se detuvo cerca de ella. Todo el amor que sentían el uno por el otro estaba presente ahí, en ese instante, en esa habitación... nuevamente.
Juan no paraba de sonreír, y Emma sentía que su corazón se le iba a salir del pecho. Él estaba tan contento que la levantó en sus brazos sonriendo y la besó, un pequeño beso en sus labios... Ese pequeño beso tenía un gran significado para ambos, significaba todo: su pasado, presente y futuro.
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